La película elegida es Fue sólo un accidente (A Simple Accident, 2025) de Jafar Panahi.
Hay cierto prejuicio que dice que el cine iraní es lento o aburrido. Eso no es cierto. Más allá de que haya películas así, no podría pensarse el cine de todo un país como un género único, quizás la fama de algunas con una impronta más poética o contemplativa generaron cierta aprensión en los espectadores a quienes seguramente no les guste tanto ese cine en general, venga del país que venga. El cine iraní tiene excelentes películas, sólo por gusto recomiendo tres muy distintas que van de lo pequeño a lo más grande mostrando problemas universales bajo la lente de una cultura conservadora que nos es muy lejana. Todas son atrapantes y hasta desgarradoras en algunos momentos. La primera es ¿Dónde está la casa de mi amigo? (1987) de Abbas Kiarostami, en la que acompañamos a un chico a buscar la casa de su amigo, dicho así parecería reforzar el prejuicio, salvo porque el afecto que nos genera la urgencia del niño nos tiene atrapados durante toda la película. La segunda, la ya famosa La separación (2011) de Asghar Farhadi, en donde un divorcio, que en sí mismo es interesante por suceder en una sociedad cerrada, se complica gravemente por motivos generados por esa misma sociedad cerrada. Y la última es Araña Sagrada (2022) de Ali Abbasi que, basada en un caso real, muestra a un asesino serial celebrado por el pueblo por el tipo de víctima que elige. Por supuesto en esta lista agregamos la película de esta entrega, que, aunque parte de un hecho histórico local, puede resonar con nuestra historia y hasta podría decirse que comparte en germen la misma idea, con distinto acento, que nuestra En retirada (1984) de Juan Carlos Desanzo, en donde parte de la trama parecería que sigue el mismo camino que la película iraní.
Panahi escribe y dirige esta película en base a sus propias vivencias y a relatos que le contaron otros detenidos mientras estuvo preso. Por lo que relata en entrevistas, el germen de la idea tendría que ver con que en los interrogatorios estaba vendado y se preguntaba si reconocería al interrogador cuando estuviera afuera. Estuvo varias veces detenido porque sus películas fueron consideradas «propaganda contra el estado», incluso le prohibieron filmar durante veinte años, sentencia que por suerte no respetó. Como suele suceder en estados totalitarios se les teme a los productos culturales porque podrían decir más de lo que muestran y en general eso otro que dicen no lo entienden quienes censuran. Por eso lo hacen mal, o generan más interés del que originalmente hubieran tenido o dejan pasar grandes ideas por sus cortas miras. Así pudieron estrenarse grandes sátiras como El verdugo (1963) de Luis García Berlanga en pleno franquismo o Tiempo de revancha (1981) de Adolfo Aristarain durante la última dictadura argentina en donde también pudo pasar algo en la música, Charly García pudo tocar Los dinosaurios o Canción de Alicia en el país. Botas locas de Sui Generis sí fue censurada por lo más explícito de la letra, no dudamos que los censores entendieron la sinécdoque del título, aunque ignoraran qué era eso.

Volviendo al director, quizás la pregunta inicial fue por la persona del interrogador y ciertamente es un tema en la película, pero la obra nos plantea una pregunta mayor, que nos toca a todos, que es sobre el efecto que produce el encuentro con un perverso, no solamente a lo traumático del encuentro y lo dañino que puede ser eso para un sujeto, sino a los efectos que produce ese encuentro en la propia posición subjetiva, enfrentándonos a convertirnos, en principio en la fantasía, en ese ser que aborrecemos y rechazamos. La película es el desarrollo de ese fantasma en tono de comedia negra, los personajes no dejan de preguntarse si ellos son capaces de realizar las mismas atrocidades que se ejercieron contra ellos. Convirtiéndose en eso que aborrecen, «me convertiste en un bastardo como vos».
Este tema es de interés porque, ya sea por la positiva o la negativa, nadie está exento del rasgo perverso, en el sentido que quiera dársele. La positiva sería ejercerlo y la negativa es la formación reactiva, la extrema caridad, bondad y cuidado siempre son llamativos en cuanto aparecen como respuesta culposa frente a la no aceptación de ese tipo de rasgos inescapables. Pero una cosa es que eso esté enmarcado, en una fantasía, en un síntoma incluso y otra cosa es que el realmente perverso nos haga presente que también podríamos serlo, que en el fondo lo somos. Que nos empuje a ese lugar y nos muestre la fragilidad de nuestra moral. Porque, aunque la civilización pida justicia, el goce está en la venganza. El clásico dilema que plantea que si uno responde con la misma violencia con la que fue atacado se rebaja al nivel del otro y se convierte en un violento, no tiene en cuenta que esa es la paradoja en donde busca ponernos el perverso.
Cabe destacar que cuando hablamos de perversión lo hacemos desde la definición lacaniana de los años sesenta en donde va recortando el término, que en un primer momento pecaba de descriptivo, para concluir en una definición que ya nos es conocida, el perverso es el que se entrega como instrumento al servicio de —en general una gran excusa moral— la Religión, la Patria, el Bien, el Régimen, para devolverle el goce que le falta al Otro. Esto es hacer surgir la angustia en un sujeto, ese es el goce que le faltaría y eso se hace poniendo en juego los objetos pulsionales, principalmente la voz y la mirada.
En el caso de esta película, como en La Inquisición, Guantánamo o Argentina, lo que se busca es la confesión, que ciertamente bajo tortura no busca ninguna verdad, sólo dividir al sujeto, vencerlo y así conseguir la extracción de ese goce que no sirve para nada más que mantener la rueda girando. Nombrar nombres para volver a empezar. Forzar a confesar es el paradigma de la posición perversa. Puede estar presente el uso del cuerpo del otro como objeto, el dolor, pero todo apunta en la misma dirección, está al servicio de la confesión, si no es la extracción de eso que el sujeto no quiere decir, será en el grito el que se vendrá a su lugar. Ese grito es una voz áfona que, no por nada, es lo más perturbador.

La película logra poner al objeto en primer plano, tenemos la pata de palo y el ruido que hace, inconfundible, el protagonista sabe quién es porque cuando lo escucha se le hiela la sangre. Si quiere confirmar es justamente para mostrar cuan distinto es del cruzado, sabe quién es porque ese sonido le toca el cuerpo y aun así, se cuida de no quedar tomado por la perversión del otro y busca confirmación. El contraste es claro, la certeza para el interrogador, ya sabe antes de preguntar. La duda para quien, dañado, sólo pedía por sus derechos. La segunda confirmación es táctil, otra víctima reconoce al torturador por sus cicatrices que este le hacía sentir para enaltecer su figura de mártir. Tocar una cicatriz, una de un miembro que falta es otra vez llamar a la angustia, con el erotismo que acompaña siempre a la perversión y que no debe nunca separarse, porque usar el cuerpo de otro objeto de goce es una erótica, que devastadora en algunos casos. Si el rasgo perverso que indicábamos antes está enmarcado, se pone en relación al eros, puede ser todo lo contrario a lo que venimos desarrollando, por eso es un borde filoso el de la perversión y por eso también un tema tan cuestionado.
Cuando se sabe acorralado el pata de palo no pierde su convicción, el perverso no duda de la verdad de su causa, por más vana que sea, por eso dice que daría su vida por el Régimen, que nada es más importante para él que su guerra santa. Eso mismo dice, no por casualidad, el abogado nazi en el documental argentino El credo (2019) de Alan R. Sasiain cuando muestra su tatuaje y destaca su condición de católico, que también es lo mismo que dice Lacan en su Seminario, que es un defensor de la fe. Estos personajes copian una estructura tan rígida, limitada y repetida que nos da que pensar sobre si no se trata de otra estructura rígida y limitada que conocemos. Quizás la perversión no sea más que la suplencia que encuentran algunos sujetos, un nombre al odio de sí proyectado.
