7 – Desincorporar

La película elegida es Swallow (2019) de Carlo Mirabella-Davis

Trata sobre una mujer atrapada, quizás condenada, por una historia que la precede, que intenta escapar de ella de la manera que puede, que es comiendo cosas. El planteo de la película podría ser la historia estereotípica de una mujer que se encuentra en un matrimonio en el que no quiere estar, hay muchos ejemplos de esto, la mujer que escapa de Kramer vs. Kramer (1979) de Robert Benton o la historia de Laura Brown en Las horas (The hours, 2002) de Stephen Daldry. Pero es distinta por dos elementos que la hacen original e interesante, uno fantástico pero tomado como real y otro real que recién puede simbolizarse al final.

El primer elemento es lo que los médicos diagnostican pica, ese es el nombre técnico del cuadro. Como cualquier nombre de manual en salud mental, nos dice poco más que una descripción universalizada y corta. Hunter (Haley Bennet), esposa perfecta de un matrimonio perfecto empieza a comer objetos luego de enterarse de su embarazo y lo que vemos en esa acción es lo que Freud ubica como teorías sexuales infantiles, ella come una canica y la busca en sus desechos, la lava y la guarda y hace eso con todos los objetos que traga. Luego vemos que empieza a tragar cosas punzantes, filosas, que pueden lastimarla. Vemos que busca lastimarse, recién después nos enteraremos con la protagonista –ella tampoco lo sabía– que lo que buscaba era abortar. Cosa que podía sospechar el espectador pero que el director confirma cuando muestra la pastilla abortiva como un objeto más de los que ella traga. Como está en juego lo inconciente creemos que es un reverso interesante de esas teorías infantiles, si la fertilización es por la boca, el aborto también, casualmente lo es desde fines del siglo pasado. Que coma objetos a la manera de las teorías de concepción infantiles nos muestra que está intentando simbolizar algo, eso que quiere simbolizar se resuelve al final de la película.

Sobre el lugar de nuestra protagonista podemos decir que es el de una mujer de los años 50, un poco atrasado. Además, de ella se espera que sea una esposa Stepford como en Las mujeres perfectas (The Stepford wives, 1975) de Frank Oz. No hay amor en ese matrimonio sino utilitarismo, ella quiere hacer feliz a su marido, concede en todo para que lo sea, ella entiende eso como amor ya que también nos enteramos más adelante que no tiene y seguramente nunca tuvo un lugar de amor en su familia. Mientras que, en la familia de su marido, los Conrad, tiene un lugar, pero es un lugar que no necesita contrato explícito para percibirse como empleada. Está al servicio de las necesidades familiares, procrear, mantener a su marido feliz y no salirse de su rol bajo ningún concepto. Tampoco hablar mucho.

La familia Conrad está acostumbrada a tratar a todos como empleados, tienen tanto dinero que pueden hacerlo, porque una de las perversiones más grandes de la época es que siempre puede encontrarse a alguien que haga lo que sea por la cantidad adecuada de dinero, «…lo que falta son financistas» dice el personaje de Darín en Nueve Reinas (2000) de Fabián Bielinsky.

Lo muestran muy bien con la psicóloga de Hunter. Aunque tenga un diván no podemos llamarla analista y en general los psicólogos en la ficción están para hacer avanzar la trama, nunca un psicólogo es mostrado cómo lo sería realmente, en una película hace falta cierto dramatismo y acción que no necesariamente se encuentra en el consultorio. Por ejemplo, es raro que un paciente se levante en medio de la sesión, a veces pasa, pero es porque en general no puede quedarse quieto o sentado y seguramente eso sea tomado como algo a leer en relación a la transferencia. Lo que no sucede es que alguien se pare, haga una pausa dramática para luego contar algo que es la clave de todo. Lamentablemente, no existe la clave de todo, si hay cosas importantes a decir, pero muchas veces ni se sabe que son claves y a veces son tan triviales que sorprendería a alguien fuera del tratamiento. Igualmente, en esta película la psicóloga no está para que avance la trama solamente, tiene un lugar importante que además es totalmente condenable.

Los Conrad consiguen una psicóloga que acepta violar el secreto profesional y que le cuente los detalles del tratamiento a la familia, personalmente lo tomé como algo poco probable, excepcionalmente existirá algún caso, pensé. Hasta que en el documental de Los hermanos Menendez (The Menendez Brothers, 2024) del director argentino Alejandro Hartmann, nos enteramos que exactamente la misma situación sucedió en un caso público, el psiquiatra aceptó dinero del poderoso padre de la familia Menendez para contarle lo que sucedía en las sesiones de su hijo. Es un poco escalofriante imaginar cuantos profesionales nefastos realizarán estas prácticas. Lo que plantea Conrad padre (David Rasche, conocido en Argentina como Martillo Hammer) a la psicóloga es claramente el modo completo del imperativo actual, lo dice literalmente «yo pago y busco efectos y rápido».

Primero «yo pago», supone a quien ofrece un servicio como si estuviera a su servicio, sutil pero gran diferencia, tampoco hace falta ser millonario para tener esa actitud, no es raro verla. Lo patético de esta posición es la desubjetivación que implica, no la objetivación del otro, esa es la intensión, en general lograda, un excelente ejemplo de ese lugar de súbdito se ve en la primera historia del tríptico de Yorgos Lanthimos, Kinds Of Kindness (2024). Sino la objetivación del que se cree amo, ponerse en ese lugar lo excluye de toda dialéctica subjetiva, es decir de algo que tenga que ver con la contingencia, con un encuentro interesante con otro, con algo que lo saque de su programa, habría que preguntarle al que dice «yo pago» si puede decir «yo vivo».

En segundo lugar, lo quiere «rápido», nunca termina de ser claro qué es lo que apura, no me refiero a la película, sino en general. Pareciera que si algo no es rápido no sirve, vale menos, o es peor. Pero no hay concepto sin el tiempo de la cosa, no hay hecho sin duración. Esta es una crítica histórica al psicoanálisis, nunca deja de sorprender el contraste entre quien de afuera plantea que el psicoanálisis es muy lento o muy largo, en oposición a los pacientes, de quienes es excepcionalmente raro escuchar una queja por lo que dura el tratamiento. Quizás al comienzo hay cierta preocupación, pero en ese caso con razón, algunos pacientes muy angustiados preguntan cuánto tiempo tardará en pasar ese momento insoportable, y, contrariamente a las críticas, ese tiempo en general no es muy largo. Lo que quizás lleve más tiempo es conmover posiciones rígidas que no se cuestionaron en años, si no décadas. En cualquier caso, para las cosas importantes rápido es peor y si eso tiene que ver con la palabra verdadera, entonces, a ella hay que darle tiempo para desplegarse, todo el que haga falta.

Volviendo a la trama, Hunter le cuenta a la psicóloga su mito de origen y esta lo cuenta a su esposo, desencadenando un pasaje al acto suicida –intenta tragarse un destornillador– que afortunadamente es fallido y permite, luego, su salida. Este mito de origen, en parte, es que ella es producto de una violación. Es un mito, aunque en los hechos sea cierto, uno no sabe del vacío del origen de su ser más que por historias que en parte son relatos de otros y en parte construcciones propias, eso arma una fantasía que sirve para cubrir ese agujero. Hay mejores y peores modos de cubrirlo. Aun con el mismo acto terrible de concepción el lugar al que viene el hijo puede ser otro. En el relato de Hunter vemos que no hubo lugar, el padrastro fue «muy amable», la madre es «muy dulce» y «no estuvo resentida ni nada de eso», eso se hace explícito en el llamado a esta, en el que muy dulcemente rechaza a su hija. Sin lugar, va confrontar a su padre biológico. Ahí vemos la otra parte de su fantasma, ella es como el violador, podemos conjeturar que la madre le hizo saber eso de algún modo u otro, en el rechazo a la hija, rechazaba al violador. No alcanzan las palabras para describir lo magnífico de esa secuencia, desde que la protagonista entra a la casa nadie puede salir intocado con lo que sucede. Frases geniales como «tenés los ojos de tu hija», la aparente felicidad con su nueva familia o la pregunta de si debería o no arruinar su vida nos confrontan con nuestros propios fantasmas sobre la justicia o la venganza. Pero Hunter no necesita ninguna de esas cosas, ella necesita, como decíamos al principio, simbolizar un real. Poder dejar atrás las contingencias del pasado para sus necesidades por venir. Por eso poner palabras a algo de lo no dicho permite que eso dicho pueda ser dejado atrás, ella no es cómo él, no tiene la culpa.

Así, puede liberarse de eso, tragar las pastillas para desincorporar, si vale el término, ese cuerpo extraño. Hunter, diferenciándose de su madre, no traerá al mundo un hijo no deseado.