Este viene con música
La película elegida es Il Sorpasso (1962) de Dino Risi.
Un feriado, un auto, dos personajes. Con eso Dino Risi arma una budy movie o una road movie divertidísima que, al manejar cuestiones simples, tiene total actualidad a más de 60 años de su estreno. Simples no quiere decir que no sean importantes, al contrario, cuando se quitan complejidades nos encontramos con lo central, es como cuando alguien tiene muy pensado lo que le pasa, se lo explica perfectamente tiene todas estas capas análisis, lógico, formal, funcional, etc. y para qué, para no entender nada. Quitadas esas capas se puede empezar. Il Sorpasso es eso, un tímido y un fanfarrón y como se cruzan esos mundos.
La película empieza fuerte, en volumen y en acción, porque nos presenta a uno de los protagonistas como es, Bruno Cortona (Vittorio Gassman). Va rápido con su Lancia Aurelia descapotable, la música crea el ambiente con un fuerte y brillante jazz que nos empieza a presentar a este Bruno que está a tope todo el tiempo, no para un segundo y eso se ve ya en los primeros diálogos que tiene con el coprotagonista de la película, Roberto Mariani (Jean-Louis Trintignant). Si esta película no fuera italiana diríamos que Bruno es porteño, él sería el típico porteño canchero que pone un cartel de «cámara de diputados» para estacionar donde quiere, el resto del país habla de los porteños como se habla de los romanos en la película. Es perfecta para mostrarnos cuánto tenemos de la cultura italiana, podemos imaginarla transcurriendo en la ruta 2, como el principio de Mirame la palomita (1985) de Enrique Carreras. (Sí, relacioné Il sorpasso con Mirame la palomita).
Decíamos, Bruno está en más, entonces Roberto está en menos. Son opuestos muy polarizados, la comedia lo exige, en los extremos se produce el efecto cómico, aun así, ambos son personajes reales y no caricaturas, uno al que no le preocupa nada y otro al que le preocupa todo. No son caricaturas porque, en esta película bien escrita, al que no le preocupa nada puede llegar a preocuparle algo, al menos un poco, y el preocupado puede relajarse al fin. Quizás Bruno quede más intocado, aun así, si uno mira su rostro en algunos momentos de la película puede ver como esa actitud de no me importa nada, no es tan sincera, oculta algo que la excelente actuación de Gassman deja ver en unos pocos momentos.
Ambos personajes se pintan como son en el primer diálogo. Bruno ve a Roberto en la ventana y lo llama «¡Usted! ¡Oiga!» y Roberto se aleja, borrándose de la situación, Bruno no lo deja, impulsivo le dice «¿Pero qué hace? ¿Se esconde?». Excelente intervención, nombra lo que Roberto hace como un reflejo y lo corta. Después de varias de estas interacciones van a comenzar un viaje juntos que como cualquier viaje va a terminar siendo transformador. Un viaje desde Roma a Castiglioncello, unos 300 km. llenos aventuras.
Habíamos dicho de manera imprecisa un tímido, Roberto, y un fanfarrón, Bruno. Que puede serlo, de hecho, la película se tituló así algunos países (Le fanfaron en Francia y así). Hoy no vamos a precisar la posición de Bruno, nos detendremos en Roberto, más atinado sería decir que está inhibido, últimamente apareció un nombre que tiene mucha popularidad que en apariencia viene a este lugar, muchas personas optan por nombrarse introvertidos, pero no es lo mismo, y el uso que suele verse de este término es más apuntando a la excusa o la justificación que a algo que incomoda y se quisiera solucionar. La inhibición es un casi un síntoma, es querer hacer algo y no poder hacerlo físicamente, hay un impedimento, que hasta que no llegue a angustiar no se sintomatiza lo suficiente para tratarlo, en la película Roberto comenta una situación embarazosa que al no llegar a ser angustiante refuerza la inhibición. Todo comienza cuando Bruno le pregunta si está en pareja y él asiente, Valeria. Y es verdad, en la fantasía Roberto tiene novia y seguro que ahí pasan un montón de cosas, aun cuando sólo le habló una vez. Hasta lleva una foto en la billetera que le sacó desde su ventana, ¡de balcón a balcón!, Roberto continúa contándole que justo, cuando tuvo oportunidad de hablarle, pasó algo. Estaba en la calle «donde andan todas esas…» y mientras le decía a alguna que no tenía plata justo pasa Valeria y su hermana y lo ven. Otra vez viene Bruno a intervenir, no entiende «¿cuál es el problema? ¿Que sepan que no tenías ni una lira?», él se preocupa mucho por si ellas interpretan que estaba activamente buscando sexo, ¡y por dinero!, y no al revés como pasó. Lo que Roberto desconoce es que hay un deseo en juego ahí, hacia la mujer, frente al que no puede avanzar, si sólo fuera un malentendido se aclara y listo, pero está inhibido y no puede, por eso la inhibición siempre es sexual. La película narra la fantasía completa, Freud traduciría, «lo que imagina hacer con la prostituta le parece terrible hacérselo a una dama como Valeria». Se la imagina juzgando, en realidad él juzga negativamente sus actos aun sin realizarlos, incluso sin saber que los pensó. En definitiva, no puede hablarle a Valeria porque la idealiza, la desexualiza y a su vez la desea sexualmente, lo que lo detiene. Se preocupa mucho por lo que piensa ella, como en la escena del subte de Irreversible (2002) de Gaspar Noé, en dónde Alex le señala a Pierre que se preocupa mucho por lo que el otro desea, aunque están hablando sobre orgasmos, la situación es la misma. El hombre tan preocupado por lo que supone ella desea, no disfruta ni deja disfrutar. (Sí, relacioné Il sorpasso con Irreversible).
Bruno no es un ejemplo a seguir, tiene una posición muy complicada en toda la película, aun así con Roberto es siempre muy preciso, en un momento en la ruta Bruno destaca lo extraño que es el joven, no sabe tomar, no fuma, no maneja, no habla con mujeres, o sea, señala esos goces que tienden a ser problemáticos, excesivos. Roberto es muy medido, es cierto que «la vida no es sólo eso» como aclara, pero en ese señalamiento vemos como nombra su problema, él prueba ser diferente pero no puede, se siente bloqueado, Bruno le dice, «¡Desbloqueate! ¡Lanzate, hacé como yo!», mala intervención esta vez, identificatoria, volitiva. Y Roberto agrega «Antes de lanzarme me quedo siempre mirando dónde puedo caer. Así que no me lanzo», por eso decíamos inhibición, el síntoma sería siempre me lanzo sin ver y caigo a la pileta vacía. Tampoco introversión, en el sentido que se usa ahora, porque eso describe una forma de ser, el introvertido en principio no quiere lanzarse, no se siente bloqueado, está bien con como es.
Las distintas situaciones que se van presentando a lo largo de la película van transformando a los personajes, el arco de Bruno es muy corto, cuando llegan a lo de su exmujer y se encuentra con la hija y esta no lo llama papá se preocupa un poco, aunque no la ve hace años. El novio de la hija, 20 años mayor que él, 40 que ella, le molesta, y se pone a competir con él, ya que claramente la hija sale con él homenajeando y negando a la vez al padre. Pero se resuelve rápido, pasan un rato juntos y le dice papá y que lo tiene idealizado y él feliz se rearma en el chanta que es.

Roberto es distinto, tiene que pasar por más lugares, ver a su primo fascista que es abogado y escucharlo decirle como si sigue estudiando será como él, hablar con una mujer a solas en una seducción posible, aunque todavía le cueste. Solos, en la estación de tren vacía y bajo la luna, él comienza una seducción que viene bien, hasta que ella insinúa que él podría desear a una mujer, ahí se le complica, le dice que no hace falta coger, que se puede hablar, ella ironiza «certo, certo, qué divertido». Después, en la playa, la hija de Bruno también precisa, lo llama, burlona, «¡eh, joven Werter! ¿venís con nosotros?». Él es un joven enamorado que, si no le habla a Valeria, quizás tenga el mismo destino que el personaje de Goethe. Hasta la exmujer de Roberto le señala que le gusta una mujer. Así es como, luego de este viaje transformador, puede desatarse y llamar a su dama, ella no está, pero no importa. Cuando vuelva hablará con ella.
Ese viaje de vuelta es tan feliz para Roberto que no quiere que termine, ya sin miedo le pide a Bruno que acelere, más y más rápido, le pide el sorpasso, una y otra vez, con esa bocina característica que al principio es simpática y después no es más que irritante. Avanzan a toda velocidad con mucha alegría festejando cómo, por primera vez, Roberto se animó a hacer un acto, un simple llamado que es un gran paso para él… y, auto tras auto, llega el extraordinario final de la película que no puede ser otro, porque en el fondo de esta comedia, como en todas, se esconde la tragedia. «No sé el apellido, lo conocí ayer» cierra Bruno.
