La película elegida es Investigación de un ciudadano sobre toda sospecha (Indagine su un cittadino al di sopra di ogni sospetto, 1970) de Elio Petri.
Esta cruda sátira sobre un jefe de la policía italiana en los años setenta no está muy lejos de la representación que podría hacerse de cualquier fuerza de seguridad en general. Más allá de la conocida corrupción, siempre hay un enemigo que representa al mal, mientras ellos siendo el bien tienen que detenerlo a cualquier costo. Sin ir más lejos, quizás por la época del film, nos recuerda mucho al lugar del ejército en la última dictadura cívico-militar argentina con sus tristes resonancias aún en la actualidad. Una versión más literal de esas prácticas se puede ver en una película como La batalla de Argelia (La battaglia di Algeri, 1966) de Gillo Pontecorvo que muestra con bastante fidelidad los hechos acontecidos en esa gran represión. La Investigación de un ciudadano… nos permite quitarle un poco de peso (no mucho) a lo que muestra. Es terrible, pero lo lleva al paroxismo y al humor negro haciendo del protagonista un personaje muy particular que logra ser una construcción superior a cualquier capo della polizia ejemplar, tanto en su extrema impostura como en sus acciones exacerbadas hasta el absurdo y lo grotesco.
El Inspector es representado magistralmente por Gian Maria Volontè, un sujeto que, como el título de la película lo indica, se siente por encima de cualquier otro ciudadano. Esa forma de impunidad, combinada siempre con una fuerte superioridad moral, lo llevan a creerse por encima de toda ley. Lo que logra la película es mostrar qué hay detrás de tal fachada, mientras es el hombre en un mundo de hombres, una donna lo descubre en su secreto y por eso debe matarla, porque si se sabe de su impostura, si esta cae, entonces no hay nada que lo sostenga. Para el protagonista sentirse encima de la ley quiere decir que él es la ley, que hace y deshace a su gusto, ciertos sujetos muy endebles funcionan muy bien en esa posición, lamentablemente para el que se los cruza. Se trata del desconocimiento de cualquier cosa que tenga que ver con el valor de la palabra, por eso pueden creer estar encima de la ley, ya que son la misma cosa –la ley y la palabra–. Dependiendo la endeblez del sujeto eso no se sostendrá mucho tiempo como se muestra en el film.

La película comienza con el asesinato de Augusta Terzi (Florinda Bolkan), realizado por quien –no lo sabremos hasta después– va a ser el mismo que investigue el crimen. El Inspector deja todas las pistas para ser descubierto no porque crea que podría serlo, incluso sin ninguna intensión inconciente de ser descubierto de todos modos, como Los que delinquen por conciencia de culpa. Sino porque él puede hacer lo que quiera, está por fuera del mundo de los mortales, está exento de las reglas de los hombres, o eso cree. Cuando vuelve a la comisaría lo hace para festejar, fue ascendido de capo a capissimo. Ese fue el desencadenante del crimen, se pensaría que para celebrar su ascenso mata, al contrario. Esa respuesta a la promoción nos muestra una estructura particular, la del sujeto que, a diferencia del clásico inseguro de merecer su ascenso o del que no sabe si podrá o estará a la altura, responde reactivamente. Por más que mantenga su fachada, la celebración, la impostura del simpático amable entre sus colegas, en el fondo ese ascenso lo rompe, desencadena una serie de actos que en el contexto de la película no son más locos que los de su entorno.
El contexto es el del mayo francés, el avance en occidente de las ideas revolucionarias de izquierda, el fantasma del comunismo y la necesidad moral, católica, derecha y humana de mantener el orden, el respeto por las instituciones y las buenas costumbres. Los métodos que muestra la película son universalmente conocidos, lo interesante es que supuestamente Italia era una democracia, bueno, no por nada allí surgió el fascismo. En otra edición del newsletter planteamos como el otro siempre puede ser el enemigo, que esa amenaza que se cree exterior es más propia de lo que se querría, en ese caso era el extranjero, acá el militante de izquierda, la lógica es la misma.
Las cuestionables prácticas de esa supuesta institución democrática son las que permiten que se acuse a un inocente del crimen, el exmarido de Augusta es señalado rápidamente y el crimen aparentemente resuelto. Pero esto no le sirve al Inspector, porque si se condena a un inocente no se puede demostrar su «insospechabilidad». No sólo quiere impunidad, sino que incluso habiendo dejado todo tan evidente ni se dude de que no tiene nada que ver con el crimen. Es obsceno lo que hace y quiere exaltar esa obscenidad a su máxima expresión, él por sobre todos, el más inteligente, el más capaz, la genialidad por sobre la idiotez de todos los demás. No le alcanza no ser descubierto y pasar a otra cosa, tiene que no ser descubierto cada vez, por eso envía más pistas del crimen por correo. Ese cada vez, es lo que muestra su insuficiencia. La que le señala Augusta, quien porta un nombre que él no puede tolerar, el Inspector que no tiene nombre, que a veces lo llaman Doctor y que en la puerta de su despacho dice Capo, lleva todos los títulos, pero estos no alcanzan para portar un nombre para poder hacer uso de esos títulos.
Lo que vuelve a Augusta insoportable para el Inspector es que ella sabe que él es un niño, «más que otros hombres que he conocido», el Inspector enfurecido le indica «esto no lo debes decir, no debes decir que soy un niño», «yo no, los otros». Se lo dice, además, después de que él le enseñara cómo, bajo tortura, el sospechoso se vuelve un niño, y él el padre o Dios. Así, en el momento en que se presenta más poderoso ella le muestra lo chiquito que es, lo vacío que hay que estar para impostar semejante grandeza. Esa posición, que es perversa en su forma, es el único uso que él le puede encontrar a la palabra, la confesión. No se trata de la producción de una verdad, a ningún torturador le importa eso, sino que pueda extraer ese objeto del otro para un Otro para quien está al servicio, para el ser-supremo-en-maldad. La cita kafkiana del final lo explicita, «él es un servidor de la ley», justamente de la Ley y no del ciudadano. Él sabe que es poca cosa, un empleado público quiere estar por sobre todos y Augusta le recuerda nuevamente «sos un incompetente sexualmente, porque no sabes que sos un niño», «¡no sos nadie!».

Avanzada ya la investigación, a diferencia de lo que nos encontraríamos en general, el protagonista tiene un conflicto moral. Cuando está rodeado y no tiene escapatoria opta por confesar su crimen y esperar su castigo. Decíamos que esto no lo encontraríamos en este tipo de sujetos, no es que no puedan aparecer el arrepentimiento y la culpa, pero no es lo más común ya que ese vacío del que hablábamos no da lugar a mucha pregunta, incluso si surgiera se suele justificar de las maneras más absurdas para evitar confrontar alguna responsabilidad. Elio Petri sabe de esto, por eso en la escena del final, en donde uno supone que el Inspector pagará por su crimen, nos encontramos con una conversación satírica que no deja claro si eso es lo que termina pasando o no, que muestra claramente esas justificaciones absurdas para expiarlo aun cuando el protagonista hace todo lo posible por ser detenido. Frente a cada prueba que exhibe, una justificación disparatada. Eso también expone el espíritu de cuerpo de las fuerzas de seguridad y es ese mismo mecanismo o modo de funcionamiento el que no nos permitió ver arrepentidos que hayan tomado responsabilidad por los crímenes de la última dictadura.
